poesía oblonga 2.0

Pestañas de la percepción

 

Casi que escucho el cuerpo de aluminio.

Los otros sentidos buscan realidades asombrosas en oferta por eBay, aunque los envíos por EMS no funcionen por la pandemia. 

Lo escucho con las muñecas y parte de las manos apoyadas en ese cuerpo sin tiempo ni órganos
pero fresco, demasiado fresco. 

Frío hasta en el verano más bestial,
los dedos estirándose apenas, relajados apenas, anticipando la orden más pequeña.
Primero la p,
luego la e,
la q, la u, las órdenes se desencadenan,

 

las manos hacen su trabajo sin preguntar por qué
y presionan cada tecla en su momento correspondiente, 

 

una labor dramática y ejecutada con la mayor celeridad y,
lo que es importante, con naturalidad.

Como si no fuese nada
tac tac tac una tecla de plástico, otra tecla de plástico,
pero debajo del plástico
un mundo de polímeros y membranas de silicona más allá del aluminio 

 

que desembocan en espacios que nada tienen que ver con los derivados químicos del petróleo ni con la plasticidad de la realidad misma, en espacios verdaderamente distintos, 

 

contrapuestos,
un poco como el oído y el tacto pero también, y esto lo tienen en común, 

algo frío. 

Aunque, qué pena, sin ambigüedad. Un frío directo que hasta el aluminio desconoce, un frío peer to peer que se derrama de pestaña en pestaña y de pestaña en pestaña:
un wiki sobre los 24 períodos solares del calendario lunar chino, 

Instagram,
un artículo de Marca sobre la crisis del Barcelona después de perder 8 a 2 con el Bayern en los cuartos de final de la Champions League, wordreference,

que quedó abierto desde una vida pasada, al igual que Instagram. 

En el medio Google Keep donde las manos y los dedos y la vista como una extensión de las manos más que como capacidad de interpretar el entorno gracias a los rayos de luz que alcanzan el ojo,


las manos siguen
tac tac tac, a la derecha el disco 浮遊空間 de Tomoko Aran en Spotify en este preciso,
asombroso momento en la canción I'm in love y finalmente eBay. 

En romaji el disco es Fuyuu Kuukan y se traduce como espacios flotantes, como este mismo y precioso espacio. 

Porque aún así,
a pesar de la cruda desolación del frío más binario, emana de las pestañas una
calidez
que puede deberse a la voz de Tomoko Aran o a una calidad incipiente que asoma
con timidez y lentitud, 

una amorosa babosa de la percepción. 

Y gracias a esa peculiar naturaleza que microemerge de las raíces más allá del
código del Brave 

 

se despliega,
parece pero sí, se despliega 

ante mis sentidos entumecidos un oasis de empatía que baña y refresca con amor que no sé de dónde sale,
si de las pestañas
o de algún subproceso programado en Palo Alto y ejecutado en los espacios
flotantes 

 

o de la naturaleza misma de esos espacios.

Y ese amor refresca una conciencia cansada, agotada de tanta información. 

Y la frialdad, y la supuesta frialdad, y la supuesta desértica helada frialdad

desaparece 

ante una lágrima que bien puede ser de felicidad o de fatiga ocular.

 

Té (con notas)

No camino. No hay un muslo y otro muslo, conglomerados de músculos en furiosa actividad. Me desplazo por el tatami(1) deslizándome, floto con los tabi(2), floto con el corazón y me siento en seiza en un pequeñísimo hogar-santuario. Bien recto me siento desde el hara(3), desde el ombligo, el pupo, la voluntad está en el pupo, y los movimientos flotan, fluyen, emanan de ahí al tatami, al dôgu(4).

La parte que flota en mí percibe de refilón el aroma de un incienso que prendí, me llega del tokonoma un aroma flotante de jinko(5) que se entremezcla con el aroma a igusa(6) de un tatami nuevo, un olor a vapor de lago subterráneo de luna de Saturno que enamora al silencio que se sienta a mi derecha, mi shokyaku(7), mi diamante que, a mi derecha, me mira atento acomodarme y romper el silencio un segundo nomás, para decir "dôzo o-raku ni"(8) reverenciando desde bien adentro.

Desde lo más profundo y flotante de mi corazón e inclinando ese corazón a ese tatami y a la tierra y al silencio que a mi derecha me rodea y sigue con la misma atención infranqueable mi deslizar de herramienta a herramienta. Parece interesado especialmente en la textura del fukusa(9). Se acerca y enfoca miles de años de atención en los movimientos de mi mano derecha,

que desliza el fukusa del obi(10) al muslo, lo pliega y juega con las puntas para llevarlo flotando a mi izquierda y lo despliega en su fino estupor de seda eterna. El silencio sonríe silencioso y flota hacia el chawan(11), desaparece dentro de ese chawan sin fondo en el que el bambú conspira con un trapito de tela y con un abismo radiante de verdor que nada en el agua caliente.

Flota y se hace uno con el agua en un sentido totalmente literal, nada de uniones metafóricas entre objeto y sujeto, literalmente el té, del color del semen de Gōjira, se hace uno con el bambú y el lino y con el agua también, y con la cerámica horneada a temperaturas volcánicas en hornos sagrados de leña, y con la madera laqueada por artesanos cuánticos y orgullosos.

Y también, deslizándose y flotando, desde su propio hara, desde su verde corazón, el té se hace uno con el silencio a mi derecha y conmigo, conmigo, conmigo que continúo acercándome y alejándome del tatami, moviendo brazos y torso, quieto y voluptuoso el hara, deslizándome a la acción desde el corazón del té y el mío que somos uno solo, literalmente uno.


1- Piso de las casas tradicionales japonesas.
2-
Medias, casi siempre blancas, con sólo una separación para el dedo gordo.
3-
Lugar desde el que brota la vitalidad y la voluntad, el dantien chino.
4- 
Las artesanías utilizadas en la ceremonia del té.
5- 
Madera de agar, el incienso más fino del mundo.
6- 
Planta con que se confeccionan los tatami.
7- El invitado principal de una ceremonia, el único que habla con el “anfitrión”.
8- Algo así como “ponete cómodo”.
9- Paño de seda con el que se purifican las herramientas.
10- Cinturón de tela que se pone sobre el kimono. El fukusa se guarda debajo del obi.
11- 
Cuenco en el que se prepara el té.

 

Turdus rufiventris

Llovió durante días, durante semanas. Como en esas series que transcurren en Seattle, no dejaba de llover. Unos minutos de calma, nada más, un respiro fugaz de cielo encapotado que enseguida volvía a derramar sobre todos, durante días. Eventualmente paró, y lo hizo sin que nadie se diera cuenta. Un momento llovía, como había venido lloviendo desde hacía tanto tiempo, el zeitgeist gris y frío antes de la primavera, las gotas rebotando contra los techos. Un momento después, silencio. Y Sol. 

Como si hubiese dejado de llover durante la noche, entrada la madrugada, cuando todos estábamos durmiendo, pero en pleno día. No había sido un sueño de esa noche poco probable, los charcos en la tierra eran irrefutables. También el olor a tierra mojada. Y en ese momento apareció, cauto como una estrella en un firmamento desconocido. Despeinado, sucio, mojado, ranfañoso. Flaco, bastante hecho mierda, sobreviviente de una batalla intergaláctica entre razas extraterrestres por el dominio de los principales exchanges de criptomonedas. 

Con esa timidez peculiar, característica de las aves urbanas. Como si fuera el eslabón perdido de Darwin, como si fuera el abominable hombre de las nieves, como un fénix del lejanísimo oriente más allá de los Himalayas que va a comprar tabaco al kiosko del barrio, una ventana en lo que en otros días, o en otros mundos, sería una habitación. Y profundamente desconfiado, como si conociera verdaderamente el corazón de los hombres. Se sacudía con frenesí, batía las alas para secarlas. Las plumas apuntaban al pasado y al futuro y parecía cansado. 

Nunca venían a mi jardín, demasiados gatos en la cuadra. Ni uno solo, hasta este flaco, desesperado y mojado pájaro que dio cuerda a mi mundo. El motivo último detrás del riesgo eran, me di cuenta unos minutos después, las lombrices. Infinita cantidad de lombrices que la lluvia apocalíptica había llevado a la superficie a fuerza de ablandar y remover la tierra. Y los bichos bolita, igual cantidad de lombrices y bichos bolita que el zorzal devoraba. Saltaba de acá para allá, hundía la cabeza como un ñandú de la conciencia extendida y sacaba una lombriz tras otra. Se las devoraba, pero también se las embutía en la boca, las almacenaba cual claves privadas de cifrado asimétrico.

Saltaba, corría, volvía, corría y hundía la cabeza con tres, cuatro lombrices que se retorcían intentando liberarse si es que una lombriz puede intentarlo y finalmente se iba volando con esa masa amorfa de tentáculos de desesperanza en el pico. Aunque ese vuelo significaba un nido, y pichones a los que alimentar esas lombrices desesperadas, convirtiendo la ciega angustia en un milagro del conurbano bonaerense que comprueba de manera inequívoca la existencia simultánea de absolutamente todas las deidades inventadas por el hombre a lo largo de su existencia.

 

Por ferostabio